Querido YouTube, tengo más de 30...

 Los días de cuarentena tienen una cualidad elástica distintiva. Se ven infinitos, como si cada nuevo amanecer empezáramos a andar hacia una ciudad que se ve del tamaño de un alfiler. Sin embargo, también se terminan, como todas nuestras medidas de tiempo. Hay suficientes versiones de la nada para llenar varias vidas, por eso nunca debemos preocuparnos. Una de mis favoritas, es ver videos de YouTube. 

En uno de ellos, alguien proponía "unirse al club de las 5:00 AM". Al parecer, hay un grupo de personas en el mundo que decide despertarse a esa hora por gusto, sin tener que ir a trabajar o salir corriendo por la alerta sísmica, pasar los primeros 20 minutos de la mañana haciendo ejercicio, los siguientes 20 aprendiendo algo y los útimos 20 de esa primera hora, meditando. Contra todo pronóstico, me pareció una excelente idea. Contra todo pronóstico, porque precisamente empecé este texto diciendo que los días de cuarentena ya se me hacen demasiado largos, ¿Quién en su sano juicio querría agregarle más horas al calvario? Creo que me pareció una buena idea porque todavía me cuesta aceptar que lo que me falta no es tiempo, sino ganas. 

Tal vez, si me despierto antes tendré más ganas de hacer ejercicio, o terminaré de leer los libros que dejé abandonados hace meses, retomaré el dibujo que dejé en tres trazos, comenzaré a aprender algo nuevo.  Además, no se puede negar el atractivo gregario de formar parte de un club, aunque el único talento que se requiera sea mantenerse alejado del botón SNOOZE. Ciertamente, hacer ejercicio, leer y dibujar son cosas que todavía menciono cuando alguien me pregunta qué me gusta hacer. Por eso no digo con facilidad que no tengo ganas de hacerlas, si la conversación llega a ese punto, digo más bien que no las he hecho en mucho tiempo. Son fragmentos de mi identidad que no me siento cómoda dejando ir, pero cuya ausencia no me duele lo suficiente como para hacer el esfuerzo que requiere recuperarlos. Así, puedo pensar que esa identidad que tanto trabajo me costó construir no está rota, sino suspendida. Así, me ahorro el grandísimo inconveniente de preguntarme quién soy ahora, que mis días se van vestida con pantalones de pijama viendo videos y cocinando, mientras los libros y las hojas blancas se van enterrando en polvo. 

¿Cuán rígida es realmente nuestra identidad? Si la visualizo como un árbol, se me facilita pensar que la raíz sería una serie de rasgos de personalidad y carácter, entre lo heredado, lo aprendido y lo imitado. Luego, el tronco podría ser el conjunto de valores y antivalores que desarrollamos. Pero, ¿Dónde queda el ejercicio, el dibujo y la lectura? ¿Son hojas? ¿500 libros leídos para que al final esa hoja se caiga del árbol y sea reemplazada por una suscripción a TikTok? ¿Cuadernos y cuadernos de dibujos marchitos? Tiene que haber una metáfora mejor, porque los árboles están destinados a los ciclos, en cambio los humanos solo tenemos indicación de caminar en línea recta hacia muerte. Desde la infancia nos hablan de "crecer", "madurar" y "mejorar". Nadie quiere volver a la casilla de PARTIDA, sobre todo no después de los 30. 

¿Qué pasaría si, en lugar de buscar una imagen que me sirva para definir la identidad, la viera como un conjunto de decisiones que tomamos en un momento específico? Yo soy profesora de francés, a mi conocimiento (y pongo como ejemplo la frase "soy profesora de francés"), el verbo SER es un verbo de estado. En gramática, el estado es lo contrario de la acción. SER algo es definitorio, no se espera que cambie. Ejemplos evidentes son "ser alto", "ser simpático", "ser una persona que lee, hace ejercicio y dibuja"...

Ah, no. 

Ese no. 

Momento incómodo de la clase. 

Los momentos incómodos son los que nos hacen reflexionar ¿no?

Ahora, volviendo a la idea de la identidad como un conjunto de decisiones que corresponden a un momento en particular, se me ocurre que podríamos dejar de preguntarnos quiénes SOMOS y empezar a preguntarnos quiénes ESTAMOS SIENDO y para qué. De repente la identidad no es un rompecabezas de nuestra personalidad, lo que nos gusta, nuestras opiniones y lo que nos da alergia. De repente estamos parados en medio de una red neuronal de caminos diferentes y nuestra identidad es el preciso momento en el cual, dependiendo de lo que nos esté ocurriendo, escogemos uno u otro de esos caminos. Lo transitamos un rato y luego, doblamos a la izquierda para ver qué hay más allá de los dibujos, el ejercicio y los libros. Realmente, pensamos que somos algo porque lo hemos estado siendo un tiempo considerablemente largo. Aunque me maten los lingüistas.

 Durante años, por ejemplo, yo fui una persona que acumuló un número exorbitante de mañas para comer. Mi lista de alimentos predilectos tenía 10 ítemes, cuando mucho, los comía en platos separados y siempre y cuando no estuvieran húmedos, por decir las extravagancias más coloridas. Eso funcionó de niña, me mantuvo cómoda en la seguridad de no tener que arriesgarme a probar algo nuevo, o protegida del shock mental de que el arroz blanco supiera a salsa de carne. No me sirvió tanto de adulta, cuando mi salud empezó a pedir variedad de macronutrientes y minerales y, sobre todo, cuando empecé a lavar mis propios platos. 

En algún momento, tuve que dejar mi naturaleza despreocupada y el buen humor, para convertirme en la típica institutriz con reglamento bajo el brazo, porque mi trabajo lo requirió. De adolescente, fui una estudiante que le pedía recetas médicas a su propia madre para no hacer la clase de educación física. Al crecer, terminé corriendo un maratón, para luego convertirme en una persona que espera recobrar las ganas de ejercitarse. Las ganas, porque el tiempo sobra. 

Pienso que le tenemos mucho aprecio a nuestras identidades, tanto, que no vemos que prácticamente todo lo que las conforma depende de algo más y sirve un propósito específico en un momento en particular de nuestra existencia. En estos meses, estoy siendo una persona que no encuentra 30 minutos para el deporte pero sí tiene 4 horas disponibles para Ted Talks en YouTube. Quizá, la satisfacción instantánea me sirve más que las endorfinas ganadas con esfuerzo, quizá las hojas de dibujo se entierran en polvo para no tener yo que afrontar el hecho de que nada del contenido que consumo me inspira realmente. No estoy suspendida, cambié de ruta. En algún punto, este camino dejará de servirme, porque tendré un destino que no sea la simple supervivencia. Entonces doblaré a la izquierda...

Pero, ¿Qué sé yo? ¿Qué tanta credibilidad tiene una persona que ha pasado casi un año en pijama? Algo debe haber en YouTube al respecto.


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