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fecha de vencimiento del anhelo

 Estoy leyendo el último libro de Murakami y me encontré este fragmento: "Me pregunté si eso que anhelaba era lo correcto o si excedía ligeramente lo que me correspondía pedir a aquellas alturas de la vida. Cabía incluso la posibilidad de que lo superase por mucho". El personaje que menciona estas palabras, tiene 45 años. Si fuera un eco de Murakami, el autor tiene ya 75.  Sin embargo, con mis 37, es una idea que me atormenta. Hay cosas que deseo con gran intensidad. Posiblidades a las que me rehúso a renunciar, y la mayoría de las veces me siento ridícula por eso. Especialmente cuando estoy con mis amigos que son 10 o 15 años menores y compruebo que sus anhelos se vuelven tan corpóreos, que la realidad parece amoldarse a lo que ellos buscan y no al revés. Que todavía les están pasando las cosas que yo extraño. Entonces me parece que podría haber un camino "apropiado" para mí y un camino de pura necedad. Entonces, empiezo a disculparme por lo que quiero. O más bien,...

nunca solo.

Creo que una de las cosas de las que más me arrepiento, es no haber podido sentir nunca solo deseo. Siempre ha sido deseo y alguna oscuridad: deseo y culpa, deseo e ira, deseo y miedo, deseo e inseguridad, deseo y sospecha. Nunca en la tranquilidad de que no esté pasando nada más, ni en la negación contundente de que no venga luego algún gris. He encontrado la manera de renunciar a muchas cosas que siempre quise.  A los futuros que me iba imaginando cada vez más desprovistos de magia, hasta que noté que todos los anhelos originales habían ido saliendo sin ceremonia por la puerta frontal. Me quedé sentada en medio de un salón, mirando hacia la puerta y esperando. Siento a veces que si quito los ojos de la manilla también yo voy a desaparecer. No hay que dormirse y despertarse en el frío. Hay que renunciar con los ojos abiertos.  He podido estar tranquila con la ausencia de todo. Pero no haber vivido deseo puro es una escasez que no entiendo. Me parece hasta innecesaria. La mani...

Enamorarse es una afrenta.

Enamorarse es una afrenta. Una ruptura en la cronología "Después de ti", "antes de ti". Como si tu existencia no fuera solo tuya, sino que también me delimitara a mí. ¿Cómo te atreves a abarcarme?  ¿Por qué llegaste para convertir el simple vacío en ausencia de ti? Me parece una ofensa que ahora mi corazón sea un compendio de pedacitos tuyos.  Mal tejidos, rasgándose un poco cada vez que te veo y siento que todo en mí se expande para tenerte.  La desfachatez absoluta con la que decidiste instalarte detrás de mis ojos, haciendo nido en todos mis anhelos.  Aunque te ame, jamás voy a perdonarte la manera cómo intercambiaste mi paz por nuestra vorágine. Soy dos manos ardiendo y varias costillas fragmentadas, para crearte a imagen y semejanza de mis anhelos.  Soy los minutos que estás perdiendo. Es que los rayos de sol nos caen encima a cuentagotas, como si con su sutileza quisieran protegernos los sueños. Enamorarse es una afrenta, porque incluso ese silencio en la ...

florecer es un tipo de angustia.

Sería mucho más fácil si me dejaras marchitarme despertarme con la seguridad del deseo ausente tener un insomnio letárgico y no orgásmico sin que las manos sintieran el peso de lo que no está. Sería más fácil cerrar puertas y ventanas salvaguardarse de la violencia que trae la atracción se habita mejor la paz que la sospechosa felicidad con otros se arriesga menos. Imagínate mirarlo a los ojos y no verte ahí. No íbamos a ser felices todos.  Ojalá me alcanzara el silencio.

la bolsa Jumbo de Tostones Don José.

Los últimos meses que pasé en Venezuela, en 2016, fueron malos. No fueron tan malos como podrían haber sido, por supuesto, pero mi vida era un conjunto de rutinas absurdas. Una de ellas era la dieta de panadería. Ya en ese punto, las idas al supermercado eran misiones maratónicas y yo no podía darme el lujo de perder horas de mis días por un paquete de Harina PAN o un shampoo que no habría comprado en circunstancias normales. Así que me volví recolectora en lugar de cazadora. Siempre podía confiar en encontrar un pan andino en la panadería, que dividiría en varios pedazos, cada uno un desayuno. A veces, había galletas María. Otras, me compraba la bolsa Jumbo de Tostones Don José. Esa bolsa eran dos cenas.  Desde afuera, parecía la dieta despreocupada de una chica universitaria sin mucha imaginación. En realidad, aquella combinación de alimentos era la señal más clara de la crisis. Creo que a cualquier adulto con maestría le gustaría tener la opción de no cenar la mitad de una bolsa...

La miss.

 Después de varias vueltas, vi que se sentó en una de las sillas de la explanada. Ni siquiera estando sola se dejaba seducir por los accidentes, todo lo que hacía era deliberado. Había sacado del bolso un cuaderno pesado de hojas blancas, no lograba distinguir si escribía o trazaba, pero la tarea la consumía completamente.  Ese día, el sol se paseaba por las pantorrillas desnudas, su pie derecho entraba y salía de la zapatilla. Era un momento de desnudez distraída. Creo que por eso nos impresionó que llegara de vestido la primera vez. La mayoría de los profesores parecen llevar uniforme aunque vayan de particular. Ciertamente era su caso: siempre en jeans y cualquier top. No era fea, aunque no creo que le habría importado demasiado serlo. Era el tipo de persona etérea que puede fácilmente cargar con cicatrices, manchas o estrías. Pero aquella mañana nos habían azotado un par de piernas demasiado blancas.  Alguien debió haberle preguntado, yo jamás me atrevería. "Tengo cal...

las palabras que no suenan.

 No sé en qué momento la gente empezó a ignorarme.  Sin duda, hay interacciones de las que no esperas nada. no voy a echarle el cuento del podcast que escuché a la cajera del banco. Adivino sin dificultad que más allá de no interesarle, le molestaría enormemente tener que gastar sus arduos silencios condescendientes en mí.  No sé cuándo empezaron a quedarse amontonadas en mi garganta las cosas que a nadie más logran interesarle ¿Por qué no le interesan a más nadie? Hoy miré de frente a un grupo de 30 adolescentes, 30 maneras distintas de ignorarme. Tal vez con hastío, tal vez con idiotez generacional, tal vez sin límites claros en sus casas, pero sobre todo, 30 decisiones individuales de ignorar todo lo que decía. Si hubiera sido una revolución del colectivo, tal vez habría dolido menos. Una masa homogénea de 30 pupitres mirando a la pared, contra la tiranía del francés. La protesta es un acto de valentía, un esfuerzo común. Lo que estaba yo viendo parecían 30 accidentes....