La miss.
Después de varias vueltas, vi que se sentó en una de las sillas de la explanada. Ni siquiera estando sola se dejaba seducir por los accidentes, todo lo que hacía era deliberado. Había sacado del bolso un cuaderno pesado de hojas blancas, no lograba distinguir si escribía o trazaba, pero la tarea la consumía completamente.
Ese día, el sol se paseaba por las pantorrillas desnudas, su pie derecho entraba y salía de la zapatilla. Era un momento de desnudez distraída. Creo que por eso nos impresionó que llegara de vestido la primera vez. La mayoría de los profesores parecen llevar uniforme aunque vayan de particular. Ciertamente era su caso: siempre en jeans y cualquier top. No era fea, aunque no creo que le habría importado demasiado serlo. Era el tipo de persona etérea que puede fácilmente cargar con cicatrices, manchas o estrías. Pero aquella mañana nos habían azotado un par de piernas demasiado blancas.
Alguien debió haberle preguntado, yo jamás me atrevería. "Tengo calor". Todas las respuestas que daba estaban a medio camino entre la broma y la sinceridad. No creo que fuera mentirosa, pero siempre parecía proteger una verdad mayor. Me frustraba no saber si lo hacía porque no creía que pudiéramos manejar una respuesta completa o si precisamente temía que la honestidad total derritiera el hielo jerárquico necesario para la clase.
Probablemente había dos misses. El día que se puso vestido fue lo primero que pensé. La blancura dejaba entender que no solía escoger faldas, sin embargo, al final del día lo más impresionante que puede ofrecer un ser humano es la posibilidad de algo diferente, el guiño a la rutina, el desafío a las raíces identitarias. La miss podía ser otra, podía estar en silencio haciendo líneas, podía estar descalza, habría podido incluso levantar la mirada en ese instante ¿Se habría fijado en mí, parado al otro lado de la explanada? Seguro haría un gesto con la mano.
No lo hizo. Adiviné que le gustaba la escuela por el tiempo que le tomaba siempre irse, pero eso no quería decir que estuviera disponible. Se le acercaron dos chicas y se calzó, cubrió el cuaderno y las saludó por sus nombres. Había dos misses: una que quería estar descalza sobre la grama húmeda, respirarte en la nuca, mirarte salvajemente mientras te habla dos octavas más abajo de lo normal...y la que rápido vuelve al protocolo, recuerda 120 nombres, aguanta la respiración y retrocede. Las chicas se fueron, ella las observó un rato, devolvió la mirada al cuaderno y pareció decidir que había sido suficiente. Guardó todas sus cosas, se levantó y haló el borde del vestido en un gesto mecánico de pudor. Mientras caminaba hacia la salida, saludó a algunos alumnos y la perdí de vista.
Había dos misses: una siguió su camino, la otra se quedó conmigo.
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