la bolsa Jumbo de Tostones Don José.

Los últimos meses que pasé en Venezuela, en 2016, fueron malos. No fueron tan malos como podrían haber sido, por supuesto, pero mi vida era un conjunto de rutinas absurdas.

Una de ellas era la dieta de panadería. Ya en ese punto, las idas al supermercado eran misiones maratónicas y yo no podía darme el lujo de perder horas de mis días por un paquete de Harina PAN o un shampoo que no habría comprado en circunstancias normales. Así que me volví recolectora en lugar de cazadora. Siempre podía confiar en encontrar un pan andino en la panadería, que dividiría en varios pedazos, cada uno un desayuno. A veces, había galletas María. Otras, me compraba la bolsa Jumbo de Tostones Don José. Esa bolsa eran dos cenas. 

Desde afuera, parecía la dieta despreocupada de una chica universitaria sin mucha imaginación. En realidad, aquella combinación de alimentos era la señal más clara de la crisis. Creo que a cualquier adulto con maestría le gustaría tener la opción de no cenar la mitad de una bolsa de tostones. 

Ayer, fui a una tienda en Ciudad de México con mi mejor amigo y, antes de pasar a pagar, se detuvo frente al aparador de chucherías. Metió en el carrito un dulce de coco, unas pasas cubiertas de chocolate y tres paquetes de tostones. Uno de esos era para mí. 

No eran tostones Don José, evidentemente, no era una bolsa Jumbo y, sobre todo, no iba a ser esa mi cena. Pero el gesto casual me llevó de regreso al Maracaibo de 2016.

Me los comí en tres tandas, sin urgencia, sin necesidad, sin hambre, con la mente tranquila de quién disfruta comida nostálgica en vacaciones, pero una parte de mí hizo el cálculo y tuvo que alegrarse de lo mucho que cambia la vida en algunos años. 

Tal vez, para el tipo de inmigrante que somos, no hay recuerdo posible sin un dejo de tristeza. 

Tal vez, nunca son las cenas realmente normales si alguna vez tuviste que cenar lo que encontraste. 

Tal vez, no voy a poder comprar una bolsa de tostones en Ciudad de México, sin sentir un extraño orgullo de sobreviviente.

Menos mal, porque sin esas emociones foráneas en medio de nuestra cotidianidad, estarían condenadas todas las historias tiranas a repetirse.

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