la segunda taza de café y las leyendas familiares.

Quienes me conocen saben que amo el café. No me refiero a lo que sirven en Starbucks, que es más postre que otra cosa. Me refiero al café en su estado más puro: sin azúcar, sin leche, sin crema, corpóreo e innegable.
Lo amo porque es una conexión con mi padre, de tardes en Susy's Cookies tomando café de máquina y comiendo galletas, lo amo porque el primer sorbo ardiente en la mañana me trae paz, lo amo porque no le interesa convencer a nadie de nada. El refresco, empalagoso, es una súplica de popularidad. El café es fuerte y no le importa que estés o no acostumbrado al amargor. Es una bebida que no pide permiso para ser exactamente lo que es.
Con todo, hace algunas semanas me tocó renunciar al café de la tarde. Lo cierto es que empecé a tener insomnio. Obviamente hay un componente emocional campante allí, pero la cafeína tampoco ayudaba y, definitivamente, insomnio no es algo que un profesor quiera tener.
¿Le ha pasado que, repentinamente se siente tan cansado que podría quedarse dormido en plena clase? Imagínese ser quien la esté dando. Aparte, a un cerebro agotado le cuesta mucho más acceder a las reservas lexicales en otro idioma. Es decir, si no quiero tardarme 10 minutos en recordar cómo se dice "rábano" en francés, dormir es esencial.
Así que me quedé con el café de la mañana.
Un día, estaba hablando sobre eso con una amiga y me preguntó cómo me estaba yendo con la mitad del café que tomo normalmente: "¿Sientes mucha ansiedad?" No fue sino hasta cuándo ella lo preguntó, que me puse a pensar realmente en eso.
No, francamente no. No había experimentado ningún tipo de ansiedad. Pero ¿Por qué?
En mi familia, existe la leyenda de cuando mi abuela materna, Tati, dejó de fumar después de 40 años de adicción, en un punto en el que consumía 2 cajetillas de cigarrillos todos los días. El cuento extraordinario es que, el día que decidió dejarlo, simplemente puso la cajetilla sobre la nevera y más nunca fumó. Así. On y Off. Como si "encima de la nevera" fuera el punto de la casa en el que convergía toda la fuerza de voluntad para separarnos de lo que nos hace daño.
(De haber sabido eso antes, habría invertido en una nevera más baja, para poder encaramar ahí a algunos hombres, pero no se me ocurrió).
El caso es que no soy como mi abuela. Para yo poder tomar una decisión sobre mi estilo de vida, tengo que entender primero por qué esa decisión es necesaria, que ese razonamiento sea suficiente para empujarme al esfuerzo que se requiere. Me pasó con el ejercicio. Mi ginecólogo me dió un ultimátum: media hora de ejercicio todos los días o hipoglucemiantes. No había competencia para ese argumento.
Entonces ¿Qué pasó con el café? Mi conclusión (y esto va a sonar como "Diarios de la menopausia") es que ya estoy en una edad en la que puedo deshacerme con facilidad de lo que sobra...aunque me encante.
...y eso aplica para todo.
Tal vez a mi abuela le pasó igual y la nevera fue un elemento de drama para poder pasar apropiadamente la historia de generación en generación.

Esa Tati, una sinvergüenza. 

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