El juego. Parte 1.

 Estos últimos meses, he luchado para mantener algún nivel de productividad. No me despierto del mejor humor, paso horas vacías en redes sociales (sin socializar con nadie, obviamente) y veo el reloj solo para negociar con él ("dentro de 5 minutos", "cuando termine este video empiezo", "no tiene sentido comenzar a las 2:33"). Me preocupa, porque estoy en una tierra perdida, no es trabajo ni es ocio libre de culpa. Es el peor tipo de tiempo, tiempo que no corresponde. 

Siendo una persona más racional que sentimental, he querido entender esta forma destructiva de usar mi propio tiempo y por qué no he querido sacarle (un mejor) provecho. La productividad es probablemente uno de los temas más populares en internet. Lo era incluso antes de la pandemia, que nos tiene a todos encerrados, tristes y, peligrosamente improductivos. Ser productivos no es suficiente, la idea es que queramos serlo, que sigamos haciendo girar los engranajes del mundo, masticando la idea de que estamos encontrando nuestro propósito individual a través del bien colectivo. Pero eso es tema para otro día. 

El caso es que he visto unos cuantos videos al respecto, unos más útiles que otros, la mayoría con algún atajo tecnológico que me ayude a organizar y recordar compromisos. Como si el hastío fuera un problema de memoria o un trabajo que deberíamos encargarle a nuestro obsesivo-compulsivo de confianza. Sin embargo, hoy escuché en uno de esos videos una frase que sí me llevó a una reflexión real y válida : "Pregúntate a qué estás jugando". Sí, como buena latinoamericana, yo también pensé en la pregunta "¿A qué estás jugando?" como recién salida de alguna telenovela de los 90s ("¡Dime a qué estás jugando, Gustavo Mauricio!"). Pero, por banal que sea la formulación, el trasfondo es bastante revelador. 

 Aquí, "el juego" es el contexto en el cual nos movemos para lograr un objetivo específico. Lograr ese objetivo es "ganar", la justificación primigenia de todo lo que hacemos o dejamos de hacer. Esto me llevó a analizar los diferentes juegos en los que he participado en los últimos 15 años, específicamente desde que entré a la universidad. Cuando empecé a estudiar Educación, quería tener la vida que tuvieron mis padres. Ambos fueron profesores universitarios en la universidad pública de mi estado. Una institución que, aún con numerosos casos de corrupción y vacíos morales, les permitió tener una vida cómoda de propiedades, carros y algunos viajes. 

Pensándolo fríamente, yo quería una versión idealizada de la vida del docente universitario venezolano, que convenientemente dejaba por fuera los largos periodos de pagos pendientes o las deudas millonarias. No obstante, mi yo de 17 años solo aspiraba a tener una larga trayectoria dentro de la Universidad del Zulia, escalar hasta donde pudiera, comprar ciertos bienes y tener una familia. No creo abusar de las metáforas si digo que, en este punto, "el juego" era uno de mesa, con casillas claramente delimitadas que conducían a un último espacio de "llegada", en el cual yo pretendía tomar una siesta los últimos 20 años de mi vida. 

Así que, comencé mi carrera universitaria jugando a "convertirme en profesora de L.U.Z.". Este juego requería que tuviera las mejores calificaciones posibles, para asomar mi metro y medio de existencia sobre las demás cabezas y aumentar mis probabilidades de ser escogida por las autoridades de la universidad. Eso hice, casilla por casilla, materia por materia, me preocupé por ser la mejor estudiante. El primer año estuve en el cuadro de honor. Cuando me gradué, lo hice con una toga blanca que indicaba que iba ganando el juego, y di un discurso sobre la importancia de encontrar propósito en el servicio. Claro, mientras todo esto ocurría, el clima político y económico de Venezuela iba empeorando de tal manera, que terminó por desatarse una tormenta de miseria insostenible, la cual arrasó con mi modesto tablero, la toga blanca, las calificaciones y hasta las conmovedoras citas que incluí en mi discurso. 

Había que cambiar de juego. "La vida que tuvieron mis padres" se convirtió en una reliquia de museo, en una de esas anécdotas que cuenta la gente entre dos cigarrillos ("¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cuando podíamos comprar una casa e irnos de viaje al extranjero con un sueldo universitario?"). Ganar el juego solo habría honrado la nostalgia. 

Si hay algo que no puedo negar, es la frustración que sentí cuando destruyeron el tablero de un juego que yo estaba ganando. Pero más sobre eso la semana que viene. 

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