El juego : parte 2.
La semana pasada estuvimos hablando sobre la noción del "juego"...
...no literalmente, por supuesto, la interacción que puede generarse a través de un blog es completamente asincrónica y, si a eso vamos, nadie dice nada en voz alta. Sería mucho más preciso indicar que la semana pasada yo dejé algunas ideas en esta página, que tú leíste parcialmente o en su totalidad en un espacio de tiempo que yo no puedo determinar. Sin embargo, no solemos necesitar ese nivel de exactitud en el idioma. Al final del día, muy poco nos detenemos a pensar en lo que significan realmente las palabras o en cómo las estamos usando. Yo digo que estuvimos hablando y tú ni lo lees dos veces, porque no es correcto pero nos entendemos. Estuvimos hablando.
En fin.
Definimos el juego como el conjunto de acciones que llevamos a cabo para alcanzar un objetivo en un punto específico de nuestras vidas. El juego establece de qué manera y para qué estamos usando nuestra energía, así como lo que se requiere para "ganar". En mi caso, crecí en Venezuela queriendo jugar el juego de mis padres. A los 17 años decidí que me volvería profesora universitaria como ellos, avanzaría como ellos en experiencia y logros académicos, y tendría como ellos una casa, un carro y algún viaje esperado.
Lo que quería, en definitiva, era obtener una placidez sin pretensiones antes de los 40 años. Entiéndeme, fui criada con una noción prácticamente castigadora de meritocracia, alérgica y con pavor a lo desconocido. Me parece increíble admitirlo en retrospectiva, considerando todo lo que terminó pasando, pero no me veía como una gran exploradora. Buscaba seguir los puntos, encargarme apaciblemente de mis causas y efectos, dormir bajo alguna sombra. Así, traté de seguir las expectativas del juego y durante mis cuatro años en la universidad realmente pensé que podría ganar. Sin embargo, el alcance de nuestras aspiraciones siempre encuentra sus límites en las realidades políticas, económicas y sociales que nos rodean. En la Venezuela de 2015, mi juego perdió todo sentido.
Me disculpas los párrafos anteriores. No creo que sea esto protocolo estándar de blog, pero la recapitulación es uno de los pecados favoritos de los profes. Ese, pretender que tenemos todo bajo control para que no se desate el caos, y beber vino en tazas de café.
Retomando nuestro punto, en 2015 tuve dos opciones: quedarme y que el nuevo juego fuera vencer a mi propio país, o irme, no teniendo siquiera una idea clara de a qué podría jugarse siendo extranjera en un nuevo país. Yo me fui.
Creo que una de las cosas que más le cuesta comprender a la gente que nunca ha emigrado, es que el proceso migratorio es un tablero en sí. Cuando nos quedamos en nuestros países de origen, hay muchísimo que, inevitablemente, damos por sentado: el tiempo que podemos estar allí, el idioma que usamos para comunicarnos, los códigos sociales, nuestra credibilidad profesional, construida sobre un sistema de referencias conocidas por todos ("estudiar en la universidad X", "tener experiencia en la empresa Y", "haber hecho pasantías en la ciudad Z"), el apoyo de nuestras familias y amigos...hasta el repertorio de medicamentos que nos tocaría tomar en algún momento.
No todas las migraciones son creadas iguales, claro está. En gran parte, la cantidad de fricción que encontramos en otros países depende de cuánto dinero estamos dispuestos a invertir en ellos, leyes particulares, relaciones familiares o influencias que traigamos bajo la manga, entre otros artificios. Pero todo latinoamericano entiende que los caminos bien pavimentados son un privilegio.
Yo, por lo menos, llegué a México a vivir con mi mejor amigo. Entendí que ya no habría "un" juego, sino varios. El primero, sería el de la independencia. Mi búsqueda de trabajo en 2016 tenía como único propósito encontrar un empleo que me permitiera tener mi propio lugar. Con el anglicismo "mi propio lugar", me refiero a un lugar donde vivir por mi cuenta. Los inmigrantes no tenemos "un lugar" en un sentido más amplio, porque el rompecabezas del país al que llegamos se ideó sin considerarnos, obviamente. El duelo migratorio tiene numerosas aristas, pero puede simplificarse en la noción de no encajar. No encajar "aquí" y, con el tiempo, dejar de encajar "allá".
Con el sueldo de mi primer trabajo me aventuré a una primera independencia que duró una semana, en un diminuto apartamento que parecía el nido de cucarachas de mis más terribles pesadillas. No estoy usando esta imagen como un recurso descriptivo elitista, ni es un sinónimo de palabras atroces, como "cuchitril". Me refiero literalmente a que llovían cucarachas de las molduras.
En ese momento, no había vivido tantas dificultades legítimas como para sentarme a analizar la situación y decir: "Son cucarachas. No es tan grave, si tomo en cuenta que al menos estoy viviendo sola". Madurar es un proceso lacerante que nos da varias cosas, la más valiosa de las cuales es, creo yo, perspectiva. Alguien con más madurez habría encontrado una manera, yo no quise. Preferí regresarme a la casilla 1, donde me esperaban mi mejor amigo, la seguridad de lo conocido y un hogar inmaculado.
Lo que sí tuve, fue el criterio de reconocer que no podría ganar el nuevo juego con ese primer trabajo. Es irónico cómo los inmigrantes estamos atrapados entre dos nociones: entender que debemos flexibilizar nuestra idea de desarrollo profesional e ir con las oportunidades que vayan apareciendo, y al mismo tiempo, saber que no tenemos realmente el lujo de conformarnos con trabajos de nivel básico. Ya yo había sido una estudiante que trabajaba para adquirir experiencia y ganaba un sueldo risible, ya yo había trabajado sin cobrar en algo que me apasionaba.
Ya lo había hecho.
En mi país.
A los 18 años.
Contando con la red de seguridad que fueron mis padres.
Sin ninguna responsabilidad fuera del campus universitario.
Ya lo había hecho, pero no estaba en condiciones de volverlo a hacer. El regreso a la casilla 1 fue total, aunque no sin una dosis enorme de culpa.
La gente que dice que buscar trabajo es, en sí, un trabajo tiene razón, y cada oficio tendrá obstáculos diferentes. Los docentes, por ejemplo, solemos encontrar un número exorbitante de ofertas de trabajo, pero no me queda claro si los empleadores piensan que nosotros enseñamos por hobby, somos herederos de algún ducado en Inglaterra, niñeros sobrevalorados o si asumen que vivimos del diezmo, porque los sueldos dan una mezcla de risa y dolor de alma.
Pasaron varios meses durante los cuales el juego fue acompañado de un distintivo "tic, tac" que solo yo podía escuchar, cual corazón delator. Semanas de enviar currículum durante el día y llorar hasta dormirme durante la noche. La "depresión altamente funcional" del profesional desempleado, que echa raíces en la fatalidad. En realidad, como frecuentemente descubrimos al superar la adolescencia "todo pasa". Eventualmente, esto también pasó.
Pero más sobre eso la semana que viene, ya se me acabó "el café".
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