las cartas, el eco y las cenizas.

 Hoy me pasó que leí un texto escrito por uno de mis amigos. Un texto bonito, hilvanado de forma única, como suelen ser los de él. Pero el objetivo de este post no es extenderme sobre lo escrito, sino sobre el efecto que tuvo en mí. Si yo tuviera que definirme, diría que más que una profesora de idiomas, soy alguien que se encuentra bajo el hechizo constante de las palabras. Me parecen fascinantes.

No es un concepto tan complicado. Cada idioma tiene un conjunto limitado de símbolos, que sirven para crear miles de palabras, que a su vez nos ayudan a dar forma al universo interno y permiten la conexión entre humanos. Pasado cierto umbral de la educación pública, logramos conocer el conjunto de símbolos y con los años, nos hacemos acreedores de un léxico más o menos amplio, según sea el contexto socio-cultural, nuestra personalidad y demás artefactos del destino. Pero la alfabetización no nos da talento y es por ello que solo un número reducido de humanos es capaz de escribir algo realmente memorable. No dudo que millones de personas podrían tener un vocabulario más impresionante que el de García Márquez, pero solo él pudo darnos Cien Años de Soledad. 

Más allá de la capacidad expresiva o el legado, ¿Qué dicen de nosotros las palabras que escribimos? ¿Qué dicen de nosotros las palabras que dejamos de escribir a lo largo del camino? En el texto de mi amigo vi palabras sobre una ex, sobre extrañarla, el ciclo de aceptar la partida y estar en paz con la ausencia, las justificaciones necesarias para revivirla, los detalles personales que tal vez solo ellos dos entenderían. No pude evitar pensar que, hace algunos años, mis palabras también eran así. 

Eran cartas para alguien, que encontraban más frecuentemente ecos que lectores. Frases de urgencia y sexo. Aquí debo acotar que el sexo siempre me ha cautivado porque siento debilidad por los conceptos dicotómicos. El placer sexual, que es a la vez físico y espiritual, es el rey de las dicotomías. Entonces, por varios años, mis palabras gimieron y creyeron tejer vínculos, sin saber yo que el gemido es efímero y tejer se hace con hilo, aguja y repeticiones. Las palabras me servían para encapsular la intensidad de mis sentimientos, para explicarle al otro el caos. Quería explicárselo para que entendiera que el caos era extraordinario y que yo, por consiguiente, debía ser importante. Quería explicárselo para que se quedara. Pero quedarse es una acción, no un poema. 

De las cenizas de esas palabras, nacían nuevas: nuevas personas con nuevas semánticas, nuevos sentimientos para desconstruir y separar en sílabas. No sé cuándo las cenizas dejaron de ser una semilla metafórica para volver a ser partículas estériles. 

Comments

Popular posts from this blog

Querido YouTube, tengo más de 30...

florecer es un tipo de angustia.

nunca solo.