la estupidez y la sociedad del entretenimiento.

 En estos días terminé un libro. Ya había hablado un poco sobre la identidad maleable y cómo ultimamente no había "estado siendo" una persona que leyera libros. Pero algo me hizo reflexionar. Hay momentos que son así: cortes transversales de la tranquilidad, imposibles de ignorar, escandalosos en la forma despreocupada que tienen de aparecer. 

En mi caso, estaba hablando con un grupo de estudiantes sobre las clases virtuales y cómo les habían afectado desde que empezó la pandemia. Estoy acostumbrada a que la mayoría de los alumnos exprese su descontento con la dinámica en línea, principalmente porque trabajo con adolescentes y extrañan el componente social del aula. Sin embargo, no esperaba que una estudiante me dijera, con total parsimonia, que para ella eran particularmente difíciles porque "nunca lograba concentrarse más de 10 minutos en la misma actividad, y sin tener al profesor allí, menos". 

Eventualmente, la clase terminó y, cuando la última estudiante se desconectó, dejándome con el reflejo que me devolvía la pantalla, sentí que aquella frase requería un análisis real. Creo que la única conclusión que deriva de lo que escuché es tan cruda como alarmante. Simplemente...

"Nos estamos volviendo estúpidos". 

Nos estamos volviendo estúpidos incluso en la manera de describir nuestra estupidez, si no me cree, tal vez usted no haya escuchado aún el prodigioso "ahora los teléfonos son inteligentes y la gente es estúpida". Cada vez estamos más contentos de que fragmentos minúsculos de información nos atraviesen a toda velocidad. Cada vez confiamos más en nuestros recursos que en nosotros mismos. Cada vez estamos extrapolando la necesidad de entretenimiento a más ámbitos de nuestras vidas. Las veces que le he preguntado a mis alumnos qué esperan de una clase, francamente casi nadie ha hablado de "aprender" algo, pero "jugar", "divertirse", "hacer cosas diferentes" son peticiones que aparecen a repetición. 

No quiero decir con esto que una clase deba ser aburrida, monótona o vivida como un suplicio. Pero el aprendizaje requiere del estudiante un rol activo. El esfuerzo, la comprensión de la información, el desplazamiento o reconfiguración del conocimiento previo a la luz del conocimiento nuevo y, finalmente, el uso de ese conocimiento para una nueva tarea lingüística, Es trabajo. No es ver un video de YouTube o tener alguna desafortunada serie de Netflix como ruido de fondo mientras nuestros ojos van de las fotos de Instagram a las publicaciones de Facebook. En ese sentido, la pasividad es la raíz de nuestra estupidez. 

Veo a mis estudiantes traduciendo frases completas, buscando las conjugaciones de todos los verbos en internet, tratando sin éxito de hacerme creer que tienen un nivel determinado, sin comprender que ese teatro es inútil desde todo punto de vista ¿No les da miedo no saber realmente nada? Una de las bases de la educación constructivista es la noción del andamio. El alumno tiene un nivel propio y avanza con la ayuda inicial del docente. En algún punto, no obstante, el andamio debe desaparecer sin que el alumno se derrumbe. No estamos siendo personas que no se derrumben. Estamos dependiendo permanentemente, perezosos, distraídos ¿No les aterroriza quedarse solos y sentirse incapaces? No solo incapaces de resolver, sino incapaces de mejorar. 

A mí me da pavor. 

Terminar un libro no es ya una actividad inocente, es una revolución. 

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