la increíble cualidad de armar "un p!nche drama"
Hay un estereotipo generalizado de que las mujeres, a diferencia de los hombres, somos controladas por nuestras emociones. Si no me cree, nada más tiene que detenerse a pensar cuántas bromas existen sobre las mujeres no pudiendo presidir una nación porque "revelarían secretos de Estado cuando 'estén en sus días'". Además, es un estereotipo muy útil, porque esa misma emotividad que nos hace candidatas inaceptables para funciones de liderazgo, también implica que somos "buenas madres", "mejores con los niños que los hombres", "entregadas", "abnegadas". Nada mejor que matar dos pájaros con una misma pseudociencia, ¿no?
No que la menstruación no afecte nuestro ánimo, por supuesto que lo afecta, al igual que nuestra temperatura corporal, retención de líquidos, patrones de sueño y muchas otras consecuencias posiblemente más salvajes que yo poniéndome a llorar porque vi un video de un cachorro. Con todo, así como tener una semana de dolores o sueño irregular no significa que mi cuerpo sea incapaz de funcionar adecuadamente por el resto de mi vida, tampoco una semana de llorar por cachorros quiere decir que yo sea un ser humano irracional.
El caso es que es cómodo pensar en las mujeres como seres irracionales, y hay muchas formas en las que el lenguaje ha sido cómplice de esto. Al menos en México, se puede escuchar que una mujer sea "una p!nche vieja dramática", aunque el equivalente masculino de esa expresión brille por su ausencia, en Venezuela tenemos a las "cuaimas", de nuevo sin que haya una contraparte masculina. También lo vemos por contraste: a los hombres que quieran ahondar en sus sentimientos, se les suele reprochar que "parecen mujercitas" (con el diminutivo, para que el golpe a la masculinidad sea aún peor). Precisamente, la idea de poder ser considerados "una p!nche vieja dramática" o "una mujercita", es lo que mantiene a muchos en situaciones con las que no se sienten cómodos. Esto incluye, pero no está limitado a: relaciones amorosas ambiguas.
La mayoría de las relaciones románticas implican una lucha de poderes, alguien siempre está en desventaja. Yo hablo específicamente de las mujeres, porque son los estereotipos que me afectan directamente, pero no por esto me refiero exclusivamente a relaciones heterosexuales. El desbalance es generalizado, independientemente del género o la preferencia.
Pasa con frecuencia que conocemos a alguien que nos llama la atención, pasamos a una etapa de coqueteo, de salir, de sexo, etc. En algún momento, al menos para mi generación (después de ver Euphoria no tengo idea de cómo funcionan "los jóvenes"), debería haber una conversación que defina qué tipo de relación estamos teniendo. Esa es la intersección en la que suele surgir, gloriosa como un ave Fénix, desde los rincones más oscuros de nuestras inseguridades, esa urgencia de no ser "una p!nche vieja dramática", acompañada por el vicioso debate mental de "¿Qué puedo exigirle a esa persona si no somos nada?".
No somos nada, no somos nada, no somos nada... (ese es el eco, porque todas las ideas tóxicas tienen esa manía de repetirse sin cesar).
Aquí hay varias asunciones dañinas: la primera es que establecer las reglas del juego tenga que ser un drama. A menos que usted haya pasado las primeras etapas acumulando resentimientos al ver que no le pedían matrimonio, no tiene por qué ser así. Entre dos adultos, hay que saber qué está pasando y cuáles son las intenciones, para que ambas partes puedan decidir si eso les conviene o si sería mejor dejarlo hasta ahí. Muchas de las mujeres que conozco (mujerones, además, para que se entienda) piensan que el resultado más probable de esa plática es que la otra persona salga corriendo, y creo que esa noción viene como resultado de otro estereotipo: que las mujeres siempre queremos una relación. Entonces, hablar de eso es imponerle a la otra persona una decisión que tal vez no está lista para afrontar.
Mi mayor esperanza es que como mujeres y, de nuevo, hablo específicamente de mujeres porque los hombres históricamente no han tenido este problema, hayamos avanzado lo suficiente en nuestra autonomía sexual como para entender que nuestras relaciones, casuales o no, no determinan nuestro valor. Por consiguiente, no tenemos la obligación de "esperar a la persona indicada", como si nuestra vida ocurriera en un andén, para involucrarnos sexualmente. Podemos perfectamente querer tener sexo con alguien por una gran variedad de motivos, sin que eso signifique que ya estemos probando como suenan nuestros apellidos juntos, o apartando lugar para la boda.
Pero no podemos saber si la otra persona es una relación casual o no si no hablamos al respecto. Porque la regla trae muchas cosas, pero telepatía no es una de ellas.
Este es el ejemplo que me parece más común, pero aplica para cualquier circunstancia en la que tengamos que marcar límites o hablar de lo que no nos satisface.
Mi conclusión es, entonces, que nos toca tragar grueso y desarrollar la increíble cualidad de armar "un p!nche drama". Primero, porque sabemos que la mayoría de las veces no es un drama, sino adultos tomando decisiones juntos y, segundo, porque adueñarse del insulto podría ser una de las formas de romper con el paradigma de aguantarse todo, con tal y no ser señalados como seres irracionales.
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