Este cuento me lo traje de 2016. Creo que en esa época yo también quería asegurarme de que el tiempo me traería perspectiva. Pero esa es otra historia:
Cuando su nieta entró en la cocina como una exhalación, Maita ya tenía dos horas despierta. Eran las 7 a.m. y la octogenaria llevaba 30 minutos sorbiendo la misma taza diminuta de café. En realidad, debía tener un aire místico, envuelta en mantas tejidas, hipnotizada por aquel día que apenas empezaba, y recordando solo esporádicamente la bebida oscura. Cierto es que el café era una excusa, lo único que buscaba ella era poder sentarse un buen rato junto a la ventana para observar. Una mujer de esa edad no necesita nunca una justificación, principalmente porque el mundo dejó hace años de tener expectativas sobre el uso que debería dar a sus horas, pero Maita era una mujer rigurosa. Sin el café, habría parecido que era una anciana desvelada más. Inaceptable. Esa taza era la prueba de que su día comenzaba, voluntariamente, a las 5 a.m.
80 años es un tiempo largo para un humano, ella no recuerda en qué punto asumió que ya no le tocaba “hacer”, sino “ver”. No había un hecho preciso que hubiese dividido su vida en dos, simplemente entendió que se estaba poniendo vieja. Una de las tantas cosas que le parecían desvirtuadas de los últimos años era cómo la gente, ocupada con lo que pasaba fuera de sí, había limitado su capacidad de introspección hasta tal punto, que era trabajo de los otros anunciarle la vejez. No solo eso: la grandísima tontería de llamar a ese rito de paso copetudo “jubilación”. Esa manía nueva de que el lenguaje se ocupe de nuestras fragilidades.
A Maita no hubo que tranquilizarla con ninguna promesa de júbilo, ella sabía que el júbilo era lo que había venido antes, cuando era joven y fuerte, y dentro de ese día, que también empezaba a las 5 a.m., cabían trabajo, familia, ira roja, besos perezosos de domingo, hijos, llanto, trenes y miradas furtivas. Honestamente, se habría horrorizado si alguien le hubiera dicho que el objetivo de todo eso era ser una anciana. Trabajar solo para poder dejar de trabajar felizmente. No veía que un premio tan flaco pudiera emocionar a alguien.
Ella era, a los ojos de su familia, un ser más bien primitivo. Seguía tomando tés incomprensibles cuando tenía alguna dolencia, había ido al odontólogo menos de 4 veces, para gran exasperación de su hija, siempre cuando no quedaba más remedio que sacarle un diente, y se sentía más cómoda con las leyendas que con ese capricho prepotente que su nieta llamaba ciencia. Esa religión moderna que, no por moderna dejaban de imponerle a todo cuanto quisiera oír. Un verdadero trabajo de evangelización contra el evangelio. A pesar de todo, Maita comprendía mejor que nadie cómo progresaba la vida. Por ejemplo, se veía al espejo y comprobaba con alegría que los ojos se le estaban metiendo dentro de la cabeza. Parecían sucumbir las esferas verdes ante párpados solemnes, marcados por incontables arrugas. Así debía ser.
Tenía la teoría de que a los viejos se les hunden los ojos porque, con los años, necesitamos una nueva perspectiva. Los años alejan a los ojos de lo que ocurre para que podamos ver el cuadro en su totalidad. Los años quitan la banalidad y la inmediatez. Los años se burlan de los absolutos. En el cuadro completo, las tristezas agobiantes se funden con todo lo demás, perdiendo importancia. Mientras los ojos se hunden, lo rígido pierde contorno, se aligera, adquiere su verdadero significado. En la última etapa del hundimiento, corresponde mirar hacia adentro, la paz que antecede a la muerte es poder plegarnos sobre nosotros mismos y dejar el resto en silencio. Así debía ser.
Su nieta seguía buscando frenéticamente una bufanda dentro de la cocina, abriendo puertas de gabinetes y arrodillándose para mirar debajo de las mesas, mascullando lo tarde que era y reprochándose no haber oído las alarmas, haciendo predicciones fatalistas sobre el tráfico, con una rabia montante hacia…¿la mañana? Maita terminó finalmente su café y le dedicó a aquella mujer desolada una sonrisa condescendiente. Faltaban décadas para que pudiera comprender cuán irrelevante eran los relojes, el frio de afuera y la misma bufanda.
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